Si os he contado que el viernes de Vigilia preparé un vermut bastante elaborado para parte de mi familia ( Navajas a la manzana verde, Carpaccio de atún ahumado con algas, Mejillones al escabeche de pimienta rosa ), el Domingo de Pascua decidimos hacer gala de austeridad junto con mis padres (y de pereza, todo sea dicho) y no nos complicamos la vida, hicimos un poca pica previo a la sencilla y tradicional comida, una fideuà de las de toda la vida.

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En este caso me he encargado de aderezar de manera sencilla berberechos y almejas, y de servir tal cual mejillones en escabeche picantes, patatas fritas onduladas, cortar un buen choricito picante y freír unas croquetas de pollo caseras de la mamma (que añade un toque a trufa sutil pero irresitible en su masa).

Algún día os contaré mi receta secreta para aliñar los berberechos (y sí, reconozco que soy de esa clase de freakys que se beben el jugo de los berberechos con cucharita…), pero de momento me gustaría hacer una reflexión comparando los platos de pica pica un poco más elaborados del viernes con sus nombres altisonantes, con el auténtico lujo de algo sencillo y “alla mano” (como se diría en italiano).

Estamos acostumbrados a leer cartas de restaurantes ( incluso mediocres, no hace falta que sean de renombre) que nos seduces solo a partir de la retórica de un plato, que a menudo no resulta estar a la altura de las expectativas creadas en el papel y hoy me gustaría tocar este tema, ya que considero que es muy importante saber vender un plato y que en lo que se refiere a estrategias de venta, un nombre “fino” funciona muy bien, igual que una foto bien hecha y retocada. Lo que no hay que olvidar nunca es que más allá de la retórica y el marketing cosmético tiene que haber un fondo real que la avale, de la misma manera que maquillar un Curriculum y saber venderse en una entrevista de trabajo no sirve para nada si en el fondo eres un incompetente.

A menudo soy la primera que pone nombres sofisticados a los platos que os presento aquí, aunque procuro equilibrarlo con una dosis de genuinidad que disipa el humo de nuestros ojos y nos hace saborear de verdad la gastronomía que tanto amamos y que, a menudo, cuanto más sencilla, mejor.